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lunes, 30 de julio de 2012

MATERIA PRIMA




Domingo XVII del Tiempo Ordinario
Parroquia de Ntra. Sra. de Fátima
Monterrey, N.L.


Superando la obsolescencia

Cada año hay ferias y exposiciones para presentar lo último en computación, automovilismo, electrónica, moda, etc. No faltan en ellas presentaciones espectaculares de los modelos más recientes de computadoras, tabletas electrónicas, teléfonos celulares, etc. En el fondo, las ferias y exposiciones demuestran que no hay invento humano que resista la prueba de la obsolescencia. Tarde o temprano, el mismo hombre inventará algo mejor. A partir de hoy, y en los próximos cuatro domingos, la Iglesia nos presenta un “producto” que ha resistido todas las obsolescencias. Un producto que jamás ha tenido versiones 2.0, 3.0, 4.0, etc. Un “producto” que es, al mismo tiempo, lo más nuevo y lo más antiguo de la Iglesia: lo más nuevo en diseño, economía, rendimiento y eficacia; y, al mismo tiempo, lo más antiguo, pues mantiene hasta hoy su versión “clásica” –un pan ázimo–: la Eucaristía. El Evangelio de estos cinco domingos está tomado del capítulo sexto de san Juan: el “capítulo eucarístico” por excelencia, en el que Jesús obra el milagro de la multiplicación de los panes y después expone, en una larga discusión con los fariseos, su inimaginable doctrina sobre la Eucaristía.



Materia prima

Empecemos por el milagro de la multiplicación de los panes, que nos presenta este domingo. Es un acercamiento a la materia prima de la Eucaristía. Obviamente, la verdadera “materia” de la Eucaristía es el Cuerpo y la Sangre de Jesús ofrecidos en el sacrificio de la Cruz. Pero cabe pensar que el sacramento requiere también una materia prima humana. En otras palabras, el hombre está llamado a aportar al menos cuatro ingredientes a la Eucaristía, según el milagro de la multiplicación de los panes.


Hambre

Narra el Evangelio que mucha gente seguía a Jesús. Tras un rápido conteo, el evangelista nos dice que eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. Y, seguramente, con hambre. El milagro de la multiplicación de los panes, prefiguración de la Eucaristía, responde a esta necesidad muy real y muy sentida en la humanidad.
La Eucaristía, antes que de Dios, nace del hombre. De toda hambre del hombre: de alimento, de conocimiento, de amor, de trascendencia, de Dios. Se diría que el hombre con hambre constituye la primera materia de la Eucaristía. Malo cuando el hombre no siente hambre. Sobre todo cuando no la siente porque sacia su cuerpo, su mente y su corazón con placeres fáciles, entretenimientos frívolos, diversiones superficiales. No le queda ya apetito para lo que sí nutre y vale la pena. Si vas por la vida inapetente de todo, pídele a Dios que te dé hambre; sobre todo de Él. Y deja de comer chatarra…


Insuficiencia

Un segundo ingrediente de la Eucaristía es nuestra insuficiencia humana. «¿Cómo compraremos pan para que coman éstos?», pregunta Jesús a Felipe. Y Felipe contesta: «Ni doscientos denarios bastarían para que a cada uno le tocara un pedazo de pan». Jesús quiere que sintamos nuestra total insuficiencia. Porque es también materia prima de la Eucaristía. Jesús “necesita” la insuficiencia humana para responder con su omnipotencia divina. La Eucaristía es la respuesta de Dios a toda insuficiencia humana. En la Misa decimos que la Eucaristía es el “sacramento de nuestra fe”. Pues bien, la Eucaristía es también el sacramento de la esperanza. Nos hace ver que para Dios no hay imposibles: cuando Él resuelve, alcanza y sobra.


Totalidad

Jesús no hizo aparecer de la nada los miles de panes que se repartieron a la multitud. Tuvo “necesidad” de que alguien donara al menos algo de materia prima. En este caso, un muchacho entregó cinco panes y dos pescados. No sabemos quién era, ni qué fue de él. Pero su donación pasó a ser un gesto histórico, casi sacerdotal. Cinco panes y dos pescados: «Pero ¿qué es esto para tanta gente?», advirtió Andrés. Pero para Jesús no importa la cantidad; es la totalidad de la ofrenda lo que hace la diferencia. El muchacho no se guardó nada para sí. Lo puso todo a disposición de Jesús. A veces me pregunto qué hubiera pasado si el muchacho no lo hubiera dado todo. Si hubiera pensado: “Bola de improvisados. ¿Quién les manda no prever?”, y se hubiera quedado con al menos un pan y un pescado. Tal vez que no hubiera habido ningún milagro. Ofrecerle a Dios lo poco que somos, pero todo, es lo que hace la diferencia. Poco, pero todo: ésa es la ecuación de fondo de la Eucaristía. Al “poco pero todo” humano, responde Dios con un “todo, pero abundante” divino, hasta que sobre. Por eso existe el Ofertorio en la Misa. Y por eso, como pide la liturgia, los fieles traen las ofrendas desde el fondo de la iglesia. El pan y el vino que se ofrecen representan nuestra vida entera. Porque antes que de pan y de vino, la Eucaristía está hecha de todo lo que es “humano”. El trabajo y el descanso, la salud y la enfermedad, el gozo y la pena, la ofensa y el perdón: todo es materia prima de la Eucaristía. Tal vez es demasiado “poco”, pero es “todo” lo que podemos ofrecer. Y cuando Dios toma en sus manos nuestra poquedad completa, entonces nacen los milagros.


Caridad

La cuarta y última materia prima de la Eucaristía es la caridad hecha servicio. Jesús pide a sus discípulos que repartan el pan recién multiplicado. La Eucaristía se distribuye por mediación humana. Era un anticipo del futuro sacerdocio y de todo ministerio eucarístico. El gesto va más allá de una “necesidad práctica”. Si Jesús pudo multiplicar los panes, cómo no iba a poder hacerlos aparecer en las manos de cada uno. Pero no. La Eucaristía es el sacramento de la comunión entre Dios y los hombres y de los hombres entre sí.  Servir a los demás expresa esta comunión. Cuando el sacerdote o el ministro de la Eucaristía se acerca para dar la comunión, expresa el “acercamiento eucarístico” por excelencia: el acercamiento de Dios al hombre y de los hombres entre sí.


En síntesis

Pocas cosas ha hecho Dios en la historia de nuestra salvación sin la colaboración del hombre. La Eucaristía no es la excepción. Por eso, Jesús quiso necesitar de una materia prima humana para configurarla. El hambre del hombre, su insuficiencia ante los cómos imposibles de la vida, la totalidad de su ofrenda y su caridad como gesto concreto de comunión, son la materia prima de la Eucaristía.


María, la madre eucarística

María es la síntesis más elevada de todos estos ingredientes. Nadie como Ella ha experimentado tanta hambre de Dios; nadie ha tenido más fe ante los imposibles de la vida; nadie ha hecho una ofrenda más total de sí misma al plan de Dios; y nadie ha vivido la caridad con tanta heroicidad. La más alta aportación de María a la Eucaristía, sin embargo, es obviamente de otro nivel: Ella engendró, dio a luz y ofreció la verdadera Materia del Sacrificio Eucarístico: el Cuerpo de su Hijo, Jesús. Por eso, María no sólo es “madre eucarística”; es sobre todo la Madre de Jesús Eucaristía. Ella nos alcance la gracia de ser, en nuestro nivel, cada vez más y mejor materia prima para la Eucaristía.