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domingo, 11 de noviembre de 2012

EL DON DE DAR




Domingo XXXII del Tiempo Ordinario
Parroquia de Ntra. Sra. de Fátima
Monterrey, N.L.

El don de dar

El evangelio de hoy nos pone frente a una realidad cotidiana en nuestra vida: la de dar. Queriéndolo o no, cada día nos toca dar muchas cosas, desde favores y caridades hasta abrazos y besos. El dar es un rasgo propio de la humanidad. Los animales, en estricto sentido, no “dan” nada. La capacidad de dar es prerrogativa del ser humano. Y es también, en cierto modo, para cada uno la medida de su humanidad. Cuando la Madre Teresa de Calcuta dijo que debemos «dar hasta que duela», estaba invitándonos a ser más humanos. En este sentido, cuanto más damos, más somos. Dios nos dio el don de dar para así crecer como personas.

Dar es valorar

Al dar definimos lo que valoramos. No nos engañemos; lo que realmente valoramos es aquello en lo que ponemos nuestro tiempo, esfuerzo y dinero. «Dime en qué gastas y te diré quién eres». La viuda del evangelio de hoy dio su tiempo, esfuerzo y dinero al templo. Ella valoró el templo más que su vida. Por eso dijo Jesús: «en su pobreza, ha echado todo lo que tenía para vivir». En realidad, valoraba a Dios, cuya casa es el templo. El hombre siempre ha sentido la necesidad interior de darle a Dios de sus bienes, como gesto de alabanza, gratitud, perdón y súplica. Es el sentido profundo de toda ofrenda cultual. El ser humano es oferente por naturaleza. Hay gente que se escandaliza de las riquezas de la Iglesia. Observa las grandes catedrales y basílicas, con sus ricos ornamentos y objetos litúrgicos, y se escandaliza de que no se venda todo eso para dar de comer a los pobres. El argumento encierra una falacia. Ante todo, porque el culto a Dios no tiene precio. Y el ser humano hace bien en buscar honrar a Dios con lo mejor que puede ofrecerle. Por otra parte, dudo que alguien tenga interés en comprar una catedral para vivir en ella o tenerla de museo. El verdadero valor del arte religioso y, en general, del patrimonio de la Iglesia está en el culto a Dios y el servicio a los fieles. El mismo Jesús, lejos de indignarse por el hecho de que aquella mujer diera al templo lo que tenía para vivir, alaba su gesto. Claro que la Iglesia tiene además el deber irrenunciable de ayudar a los pobres. La Iglesia no puede honrar el Cuerpo de Cristo con vasos de oro mientras el mismo Cristo muere de hambre en el cuerpo de los pobres, como señalaba San Juan Crisóstomo. No se trata, sin embargo, de omitir el culto a Dios para atender a los pobres. Hay que hacer lo uno y lo otro. De hecho, la Iglesia católica es, por mucho, la institución con más obras de beneficencia en el mundo.

Dar es devolver

La ofrenda de la viuda tiene, además, otro significado. Cuando damos algo, en realidad lo devolvemos. Nada es nuestro. Aunque el patrimonio y las ganancias sean fruto legítimo de nuestro esfuerzo, no dejan de ser don de Dios. De hecho, hay gente más talentosa, trabajadora y esforzada que no tiene lo que otros tienen con menos talento, trabajo y esfuerzo. Como señala Malcolm Gladwell en su libro Outliers,  pocos triunfan en la vida sólo con esfuerzo y destreza; se requieren además oportunidades para que ese esfuerzo y destreza se desarrollen y den resultados. Nadie puede sentirse dueño en estricto sentido de lo que tiene. Todos somos administradores de lo que nos fue confiado para un fin que rebasa el interés personal. Al dar sólo devolvemos lo que hemos recibido. Por eso la Doctrina Social de la Iglesia insiste tanto en el valor social de todos los bienes. Y David Noel Ramírez, en su reciente libro Hipoteca social, aclara que los dones y carismas que hemos recibido deben beneficiar a los demás. Todos nos debemos a todos. San Gregorio Magno fue más enfático aún: «Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia» (Regula pastoralis, 3, 21, 45).

Dar es liberarse

El dar tiene, finalmente, un beneficio personal y espiritual de gran valor: el desprendimiento afectivo y efectivo de lo que tenemos. La Biblia advierte: «Aunque crezcan tus riquezas, no les des el corazón» (Sal. 62, 11). Pensar que el tener algo te hará feliz es un espejismo. Como alguno ha dicho: si no eres feliz con lo que tienes, tampoco lo serás con lo que te falta. La felicidad suele ir en sentido opuesto: cuanto más das, cuanto más te desprendes, más crece. Dar es fuente de alegría. Todos lo hemos experimentado. Y es que nuestro corazón tiene un mecanismo por el que al dar se siente lleno, y también libre. Nadie goza tanto de las cosas como quien no se siente atado a ellas. Y el dar y compartir es la manera efectiva de lograr esa desatadura afectiva de las cosas.

María y el paradigma de la generosidad

La viuda de hoy es el último personaje que presenta san Marcos en su evangelio antes de la Pasión de Cristo. Cristo se siente ante alguien que está simbolizando el don de su propia vida. Pero se siente también ante una mujer que simboliza a María, su madre. Para entonces, seguramente María era ya viuda. Y estaba a punto de dar mucho más que “lo que tenía para vivir”: su propio Hijo. María se convirtió así en el más alto paradigma de la generosidad humana. Que Ella nos alcance la gracia de comprender cada vez más que dar es valorar, devolver y alcanzar la libertad del corazón.


domingo, 4 de noviembre de 2012

AMAR CON TODO




Domingo XXXI del Tiempo Ordinario
Parroquia de Ntra. Sra. de Fátima
Monterrey, N.L.

Pocas palabras

Dios es sintético. Todo lo dice con muy pocas palabras. Y si es posible una sola, mejor. Con un «¡Hágase…!» hizo el universo y la incalculable multiplicidad de sus creaturas. Sólo al crear al hombre –su creatura predilecta–, Dios se explayó un poco más: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra…» (Gn. 2, 26). Así nació la humanidad; miles de millones de personas, que establecerían entre sí infinitas relaciones. Las sociedades civilizadas se han esmerado en normar, hasta donde es posible, esas relaciones. Prueba de ello son los amplísimos y diversificados códigos legales que existen en tantos países. Dios, en cambio, nos ofrece una admirable síntesis. Toda su ley cabe en un solo mandato: amar. El amor sintetiza todo el deber que exige vivir como humanos. En el fondo, no sorprende. Dios Amor es nuestro origen y destino. No podía ser otro el camino a recorrer para ir de un extremo al otro: amar.