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lunes, 21 de noviembre de 2011

DEJARLO REINAR

XXXIV Domingo del Tiempo Ordinario
Solemnidad de Cristo Rey - 20 de noviembre de 2011
Parroquia de Fátima - Monterrey, N.L.



Introducción
La fiesta de hoy tiene un contexto apocalíptico. Cristo ya es Rey del Universo; pero todavía no se manifiesta la plenitud de su reinado… hay inmensas parcelas del mundo, grandes espacios de la sociedad, hogares y corazones… en los que Cristo todavía no es Rey.
Una cosa es cierta: ese día llegará.
Habrá un gran apocalipsis universal, como el que hemos vislumbrado en la liturgia de hoy, en el que finalmente Cristo reinará, lo queramos o no. Antes de ese gran día, cada hombre y mujer tiene en esta vida la opción de un apocalipsis personal. Es decir, de decidir si acepta o rechaza a Cristo como Rey en su vida. Ahora bien, aceptar a Cristo como Rey significa entregarle los cuatro símbolos que distinguen a un rey: una corona, un cetro, un manto real y un trono.


Una corona
La corona simboliza la inteligencia del Rey. Ése es el primer recinto que has de entregarle a Cristo, si Él ha de reinar en ti: tu inteligencia. Si Cristo reina en tu inteligencia, él guiará e iluminará tu vida. Tu memoria será suya: una memoria limpia y pura de todo rencor y tristeza. Tu pensamiento será suyo: un pensamiento bueno y positivo para con todos. Tu proyecto de vida será suyo: todo lo harás consultándolo con Él: tus planes, tus propósitos, tus aspiraciones. Si Cristo reina en ti, tu inteligencia será luminosa y sabia, guiada no sólo por la luz natural de la razón sino también por la fe. Será una inteligencia misericordiosa, que instruirá al que no sabe, que corregirá al que yerra, que aconsejará al que necesita guía y orientación.
Un cetro
El cetro es el “bastón de mando” del rey. Simboliza su voluntad, su gobierno. Es el segundo recinto que debes entregarle a Cristo: tu voluntad. Rendir tu voluntad a la de Cristo: eso es aceptar a Cristo como rey. Si Cristo reina en tu voluntad, Él gobernará tu vida. Tu voluntad, en manos de Cristo, ya no irá por el camino del mal; ni se apegará a dioses falsos; ni codiciará lo innecesario. Tu voluntad, en manos de Cristo, irá por el camino del bien; se mantendrá firme en la entrega a Dios y a los demás. Será una voluntad misericordiosa, determinada a hacer siempre el bien; que dará de comer al hambriento y de beber al sediento.

Un manto real
El manto real simboliza la dignidad del cuerpo del Rey. Por eso lo reviste con telas finas y encajes de oro y plata, destacando el honor que le es debido. Es lo tercero que debes entregarle a Cristo, si Él ha de reinar en ti: tu cuerpo, tu sensibilidad, tu piel. Tu cuerpo no será más sólo tuyo; será también cuerpo de Cristo, morada de Dios y templo de su Espíritu. Si Cristo reina en ti, tu cuerpo no será más carne de pecado, ni esclavo de pasiones, ni objeto de egoísmo. Será un cuerpo limpio, purificado por el mismo Cristo. Será un cuerpo verdaderamente hermoso, como es hermoso todo lo que Cristo toca y hace suyo. Será un cuerpo misericordioso, dispuesto a abrazar, a cargar, a tender la mano a los demás; que vestirá al desnudo, visitará al enfermo y al encarcelado.

Un trono
El trono simboliza el corazón sabio y prudente del rey para juzgar a su pueblo. Si Cristo ha de reinar en ti, tienes que entregarle también tu corazón. Tu corazón ha de ser un trono desde el que Cristo pueda juzgar a los demás. Los tronos son fuertes y blandos al mismo tiempo. Si Cristo reina en tu corazón: Será un corazón fuerte y resistente para sobrellevar el peso de Cristo, que es el peso de los demás. Será un corazón robusto, que soporte las exigencias e inclemencias del amor. Pero será también un corazón muy blando, que juzgará con bondad y benignidad a los demás. Será un corazón manso y humilde, como el Rey que está sentado en él. Será un corazón misericordioso, cálido y acogedor, que dará consuelo y conforto al triste y al que llora.

Conclusión
Sí, Cristo vendrá al final de los tiempos y reinará en todo y en todos, lo queramos o no. Pero ¿por qué no dejarlo reinar desde ahora? Hoy por hoy, Él no quiere reinar a la fuerza. Hoy por hoy, Él nos da libertad para aceptar o rechazar su Reino. Hoy por hoy, Él sólo puede reinar si lo dejamos reinar. Si quieres dejar reinar a Cristo, entrégale: la corona de tu inteligencia, el cetro de tu voluntad, el manto de tu cuerpo, el trono de tu corazón.
María fue el primer Reino de Cristo en la tierra. Ella lo dejó reinar. Y Él reinó no sólo en el vientre del cuerpo maternal de María; también reinó en sus pensamientos, en su voluntad y en su corazón. Ella nos alcance también esta gracia: dejarlo reinar.

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